[ANÁLISIS] Los Muertos Vivientes nº 25 – No hay vuelta atrás

¿Cuántas horas al cabo del día pasas viendo la televisión? ¿Cuándo fue la última vez que cualquiera de nosotros de verdad hizo algo para conseguir lo que quería? ¿Cuánto tiempo ha pasado desde que cualquiera de nosotros necesitó algo de lo que quería? El mundo que conocíamos ya no existe. El mundo del comercio y las necesidades superfluas ha sido reemplazado por un mundo de superviviencia y responsabilidad. Una epidemia de proporciones apocalípticas ha barrido la Tierra haciendo que los muertos se levanten y se alimenten de los vivos. En cuestión de meses la sociedad se ha desmoronado, sin gobierno, sin supermercados, sin correo, sin televisión por cable. En un mundo gobernado por los muertos, por fin nos vemos obligados a empezar a vivir.

La idea detrás de Los Muertos Vivientes que es precisamente lo que han mantenido a la serie viva tras tantos años es que los verdaderos muertos vivientes de la serie son sus protagonistas. El mundo ha quedado tan jodido tras lo sucedido, que las posibilidades de recomponer la sociedad y volver al antiguo ‘status quo’ son casi inexistentes. Aún así, nuestros protagonistas se esfuerzan, una y otra vez por volver a las viejas costumbres y comodidades solo para descubrir en cada ocasión que todo ha sido en vano y que deben volver a empezar de nuevo su camino. Pero lo último que se debe perder es la esperanza, cosa difícil cuando hemos perdido ya la cuenta de los inviernos pasados desde que Rick despertara en el hospital y que nada hace pensar que la cosa vaya a cambiar.

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Una tras otra se fueron sucediendo las diferentes amenazas, y si bien no salieron airosos de todas (hemos perdido muy buenos amigos por el camino) parece que la tendencia siempre ha sido la de proponerse objetivos cada vez mayores. Desde hace varios números han entrado en juego las comunidades. Y por un momento, nos hemos permitido soñar. Los hemos visto organizarse, crear un sistema de comercio, dar refugio a nuevos integrantes y numero tras numero la plantilla de personajes no hace más que crecer. Nosotros, como lectores, somos conscientes de que estámos leyendo Los Muertos Vivientes y que la feliz situación no puede durar demasiado.

Y número tras número vemos la cuerda tensarse, se producen pequeños incidentes que nuestros héroes solventan lo mejor que pueden. Y la llegada de una nueva amenaza se presenta terrible no tanto por el peligro real que representa (nunca, nuestros protagonistas se habían enfrentado a algo así) como por todo lo que está en juego que sería una pérdida mayor que nunca. Y una vez más parece que la cuerda admite otro tirón más, y resiste sin partirse. Lo cual no hace si no generarnos más ansiedad todavía, puesto que sabemos que inevitablemente se romperá, todo se irá al traste y morirá gente, mucha gente, y posiblemente algunos de ellos ya se hayan ganado un hueco en nuestros corazones.

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Uno puede tratar de adivinar lo que va a suceder. Uno puede tratar de anticiparse a lo inesperado. Incluso, tras nada menos que 150 episodios americanos de Los Muertos Vivientes, uno sabría por donde van a llegar los tiros cuando lo hagan. Sin embargo, no nos cabe duda de que pronto va a suceder algo gordo, y que cuando lo haga, no sabremos qué ha pasado, ni cómo pudimos estar tan ciegos para no verlo venir. Eso es lo que sigue, a estas alturas de la partida, grande a una serie como Los Muertos Vivientes. Ese es el motivo por el que me sigue resultando imposible dejar a medias un tomo de la colección cuando cae en mis manos.

Esa es la razón por la que sufro hasta la llegada del siguiente en cada ocasión.

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