[ANÁLISIS] Los Muertos Vivientes nº 27 – La guerra de los Susurradores

¿Cuántas horas al cabo del día pasas viendo la televisión? ¿Cuándo fue la última vez que cualquiera de nosotros de verdad hizo algo para conseguir lo que quería? ¿Cuánto tiempo ha pasado desde que cualquiera de nosotros necesitó algo de lo que quería? El mundo que conocíamos ya no existe. El mundo del comercio y las necesidades superfluas ha sido reemplazado por un mundo de superviviencia y responsabilidad. Una epidemia de proporciones apocalípticas ha barrido la Tierra haciendo que los muertos se levanten y se alimenten de los vivos. En cuestión de meses la sociedad se ha desmoronado, sin gobierno, sin supermercados, sin correo, sin televisión por cable. En un mundo gobernado por los muertos, por fin nos vemos obligados a empezar a vivir.

He de hacer una pequeña confesión. Cada vez me cuesta más y sentarme a escribir sobre Los Muertos Vivientes. No porque la serie esté empeorando y se me pase por la cabeza siquiera dejarla. Ni muchísimo menos. Siempre con altibajos, como corresponde a una serie de este estilo, pero la colección mantiene un ritmo impecable que muchas ya quisieran. No. Es precisamente esa consistencia. Esa continuidad ilimitada dificulta que cada nueva iteración que esta revista realiza intentando explicar las bondades de la saga de Kirkman se encuentre con escasez de nuevos argumentos para el lector.

Independientemente del momento favorito de cada uno a lo largo de la trama de Los Muertos Vivientes, hay realmente poca diferencia entre hablar de La guerra de los Susurradores o el conflicto contra los Salvadores o el Gobernador en la cárcel. Y esto no es algo negativo. Los Muertos Vivientes es como la vida misma, monótona. Aunque salvando las distancias, claro, ya que la monotonía de las vidas de Rick Grimes y compañía lleva más dosis de adrenalina que todas las nuestras juntas. Pero al final, todo se reduce a la preservación del status quo tan duramente ganado, y los sacrificios que han de hacerse para ello.

Los Susurradores no son diferentes de cualquier amenaza previa hacia los chicos de Rick. Si, quizás por fuera sean un poco más macabro, o utilicen diferentes tácticas que obliguen a nuestros protagonistas a exprimirse en busca de nuevas soluciones a un mismo problema. Pero en esencia representan el mismo peligro que ya hemos presenciado tantas veces y estamos seguros que volveremos a presenciar nuevamente. La vida es monótona, si. Pero también es dura, peligrosa y letal. No hay descanso para los valientes en este nuevo mundo. Pero que nadie se preocupe. Porque en Los Muertos Vivientes la repetición no lleva al aburrimiento. Conduce directamente a la excelencia.

Porque cada nuevo enfrentamiento es similar al anterior, pero no idéntico. Y la riqueza, ya se dice que está en los detalles, en las cosas pequeñas. Y el tablero de juego de Kirkman es a día de hoy tan grande, que este vigesimoséptimo volumen de Los Muertos Vivientes se apoya en una estructura trepidante nunca antes vista. Ya sabemos que comenzar un volumen de la colección implica no soltarlo hasta terminarlo. Pero en esta ocasión La Guerra de los Susurradores es posiblemente uno de los que más rápidamente se devora. No por una escasez de contenidos mayor que otras entregas, si no por lo endiablado de su narrativa.

Posiblemente llegará un momento en que no sabremos que decir de Los Muertos Vivientes. Pero si tenemos claro que de momento, siempre podremos argumentar que se trata de una serie que numero tras numero merece la pena leer.